Novela
Dublinesca
ENRIQUE VILA-MATAS
(Seix Barral - Buenos Aires)
Conversando una vez con Hugo Savino, me contó que Ingres separaba la gente de talento de los genios. Los talentosos, dijo, son los que pueden hacer lo que quieren. Los que tienen genio en cambio, sólo hacen lo que pueden. Cuando empecé a leer Dublinesca, recordé aquella vieja conversación.
Los talentosos -la mayoría de los escritores que Samuel Riba ha publicado en su editorial- son escritores respetados, tienen vidas más o menos decentes, dan clases, conferencias, publican todo lo que escriben, son sensibles y tienen una posición tomada con respecto a las cosas. Pero Samuel Riba carga con una frustración enorme: a lo largo de sus 30 años como editor, nunca ha podido encontrar y publicar a un escritor que pudiera ser colocado en la categoría de genio.
James Joyce ha sabido hacer solo una cosa en su vida: escribir. Escribió y escribió como un loco, como un desaforado, completamente mandado a la escritura, sabiendo que era lo único que le quedaba, lo único que podía hacer (Eso y cantar, por eso escribió Finnegans Wake, el libro más musical que se haya escrito en toda la historia de la literatura). James Joyce es un genio. Beckett también pudo hacer una sola cosa en su vida: escribir. No puedo seguir, seguiré, dice en algún lado. El simple y contundente fracaso es lo que le posibilita seguir, seguir siempre, levantarse e intentar, lanzarse, reescribir, guiado por el inexplicable y demente deseo de expresar. Samuel Beckett también es un genio y Vila-Matas los reconoce como tales, por eso escribe Dublinesca, que de alguna manera es un homenaje a estos dos escritores geniales.
En un clima apocalíptico, con el diluvio universal como telón de fondo, Samuel Riba vive leyendo e interpretando el mundo como si fuera un texto (igual que Stephen Dedalus) rodeado de citas, atento a las señales, siempre dispuesto a tejer acontecimientos, a hacerse preguntas, a escuchar a los fantasmas que lo acosan, lo acompañan, lo asustan y lo consuelan. Una poblada telaraña que se agranda, se expande y se retrae, y a medida que avanza la novela, todo empieza a ser borroso como la silueta de una mujer con una impermeable de gabardina caminando por el borde de un muelle un brumoso día de lluvia. Pero también está la parodia, está el humor, está la nostalgia y está el plan de lecturas, el recorrido -algo que parecen haber olvidado la mayoría de los editores y los escritores actuales-. Soy un lector que escribe, dijo Vila-Matas en una entrevista; y algo que debería ser una obviedad en estos tiempos se convierte en una extrañeza. Toda la carne tirada al asador, las citas encadenadas, los amores, son coordenadas. Declaración de principios.
Samuel Riba viaja a Dublín a celebrar (en el doble sentido de la palabra: oficiar y festejar) un réquiem y un funeral junto a tres de sus amigos escritores. Celebra con ironía el fin de la era de la imprenta, el fin de Paddy Dignam, el fin de una vieja prostituta dublinesa (que es también la literatura) enterrada bajo una luz de peltre, en el aire una voz que canta al amor y a la belleza y siempre la bruma posándose sobre las cosas. Celebra su propia muerte también, la conciencia del fin, de la delgada línea que divide la vida de la muerte.
Pero no todo es muerte y apocalipsis en Dublinesca. Riba vuelve a nacer porque siempre aparece alguien que no te esperás para nada, y todo recomienza pero desde otro lugar, eso es lo que importa: que sea desde otro lugar, el viaje nunca puede cerrarse en un círculo perfecto. Nunca. ¿Qué es un fantasma? Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres, dice Joyce. Y Riba pega el gran salto, el que divide la vida de la muerte, es un salto al vacío, es perderse para encontrarse.
Riba es fantasma y hombre de carne y hueso, es niño y joven, texto y realidad, así transita, deambula por esos focos en donde los muertos y los vivos se confunden en un mismo espacio y un mismo tiempo. Solo, solísimo, como Beckett y Joyce, va a llevar sus fantasmas tan lejos como le sea posible, hasta el punto límite en que todo se hunde y aparece la escritura.
© LA GACETA
LUCIA MAZZINGHI